Los eucaliptos son parte del paisaje de Bogotá, sus cerros y su sabana. Muchos crecimos admirando su porte y agradeciendo que habían reverdecido la región, hasta que los cada vez más frecuentes incendios nos recordaron que no son bogotanos y que traen consecuencias indeseadas. El fuego no llegó al azar, encontró un escenario perfecto.
El eucalipto llegó a Colombia para repoblar zonas de bosques nativos talados durante siglos, pero también para sumarse a una tendencia global de introducir esta especie australiana en regiones fuera de su rango nativo. Eso sucedió hace unos 160 años, pero tuvo -por decirlo- varias oleadas más recientes cuando grandes áreas de los cerros bogotanos y de la sabana, que habían sido literalmente peladas, fueron reforestadas con eucaliptos, acacias y pinos.

Estos árboles cumplieron su misión y hoy la sabana de Bogotá tiene sus cerros reverdecidos, pero a un costo. Las señales han estado a la vista por mucho tiempo, pero la sequía de 2024 nos lo recordó a todos los bogotanos que poco acostumbrados estamos a racionamientos de agua y voraces incendios. Los eucaliptos -y sus compañeros extranjeros los pinos- impactaron la capacidad del suelo para retener humedad y produjeron mucha materia que aceleraron los graves fuegos que impactaron a la ciudad y región por varias semanas.
Muchos somos conscientes de estas consecuencias y no sembramos eucaliptos, pero la verdad es que seguimos repitiendo el patrón en nuestros jardines y espacios verdes. Lo que criticamos en los cerros lo replicamos, a menor escala, en nuestros propios espacios.
Cometemos reiteradamente tres comportamientos que son los que han alterado y transformado nuestro paisaje exponiendo nuestros cerros a incendios, tierras secas y falta de biodiversidad.
Primer comportamiento: Privilegiamos soluciones fáciles
Juzgamos a quienes sembraron/siembran eucaliptos, pinos y acacias, pero seguimos utilizando especies exóticas. Seguimos premiando lo que crece rápido, no lo que pertenece.
Así pasa con la eugenia (Syzygium paniculatum) y el liquidámbar (Liquidambar styraciflua) para mencionar solamente dos, que aunque no son invasoras si impactan la biodiversidad al ser sembradas tan repetidamente. El problema es que casi nunca nos preguntamos por qué no optamos por opciones nativas de crecimiento rápido sino que automáticamente vamos por lo fácil.
Otra especie exótica, la acacia (con sus cientos de especies), sí es invasora en la sabana de Bogotá y otros árboles como los urapanes (Fraxinus chinensis) llevan décadas enfermos por no ser nativos.
Segundo comportamiento: Sembramos asumiendo que no hay consecuencias
Sembrar también es una forma de intervenir un ecosistema, aunque sea un jardín pequeño. Todos hemos caído en la tentación de sembrar una planta sin pensar si es apropiada para el entorno o peor si puede llegar a ser invasora.
Para ser consecuentes y ser jardineros realmente conscientes tenemos que dejar de antojarnos de querer tener toda planta que nos guste en nuestros espacios. La mayoría de los errores no se deben a mala intención, sino a falta de preguntas.
Por eso, no compre semillas en otros países y siempre investigue -aunque sea unos minutos en internet- sobre la planta que está considerando comprar o sembrar. No se fíe en que quien la vende le diga que es nativa o adecuada.
Si su objetivo es restaurar bosque, privilegie siempre lo nativo y busque fomentar la mayor variedad de especies para mantener la biodiversidad. Con el eucalipto, no se investigó si era un árbol apropiado para las zonas andinas y además se crearon grandes áreas de una sola especie lo que terminó generando el mayor problema.
Tercer comportamiento: Nos tienta lo exótico/nuevo versus lo nativo
No todo lo que se siembra tiene que ser nativo. Parte del gozo de la jardinería es poder tener plantas diversas y replicar algo que se vio en otro lugar.
Pero, la fascinación por lo exótico no es solo botánica, es cultural. En países que fueron colonizados como Colombia, la noción de que lo extranjero es mejor quedó fuertemente arraigado en la mentalidad colectiva. Los españoles, no sólo buscaron asemejar el entorno al de sus regiones de origen, sino que abiertamente despreciaron todo lo que era local ordenando talar los bosques nativos por ser sagrados para las comunidades indígenas.
La idea no es pasar al prejuicio contrario de que lo que no sea nativo es malo para jardines y paisajismo, sino buscar crear espacios que reflejen nuestra historia buscando dar un lugar principal a especies nativas que son las que están adaptadas al entorno y además van a resistir mejor el cambio climático.
Elegir plantas también es una forma de mostrar quiénes somos y qué valoramos.
La próxima vez que en un vivero le recomienden una planta o que se antoje de una en redes sociales pregúntese si es la opción adecuada. Sea un jardinero inquisitivo y rompa con los comportamientos que nos llevaron a llenar la sabana de Bogotá de especies que invitan incendios y ahuyentan nuestra biodiversidad.






